miércoles, 22 de julio de 2009

El cuaderno (Silvina Ocampo)

Era un día patrio. Su marido había ido a ver el desfile. Las calles estaban embanderadas y en todas las casas se oían músicas marcia­les. Era también un día sin horas. Para no perder el espectáculo ha­bían almorzado a las once y media. El cielo estaba tormentoso.

-Pobres soldados, tener que marchar con este día -repetía Er­melina de Ríos encendiendo la luz.

Por más que levantara las cortinitas de la ventana, el cuarto quedaba en tinieblas. Afuera caía una lluvia finísima.

Los días de fiesta, siempre Ermelina cosía frente a la ventana. Remendaba las camisas, zurcía las medias. Esta vez, Ermelina co­sía un vestido, para cuando estuviese más delgada. El cuarto esta­ba en desorden, había retazos de género en el suelo, alfileres, pape­les recortados. La puerta que comunicaba con la pieza vecina esta­ba abierta. Ermelina alzó los ojos y miró la cama de matrimonio que era de bronce dorado; un ramo de flores en el centro de la cabecera entrelazaba los barrotes con una cinta. Esa cama era el testimonio de su felicidad. Se la mostraba siempre a sus amigas y a las amigas de sus vecinas. Era el regalo de bodas que le había hecho Paula Hódl, la dueña de la casa de sombreros donde ella trabajaba. Hacía quince años que trabajaba en esa casa, y era sin duda la mejor ofí­ciala. Las alas de los sombreros bajo sus manos se plegaban mágica­mente; las cintas, las plumas, los moños y las flores eran dóciles a sus dedos, que formaban, con idéntica facilidad, el sombrero de fiel­tro, el panamá de papel, el verdadero panamá o el sombrero de pa­ja de Italia. Paula Hodl la adoraba. Cuando algún admirador man­daba flores para Paula, ésta, infaliblemente, le daba dos o tres de las más lindas. Pero Paula no la quería a ella, sino a su habilidad, no la quería a ella, sino a los sombreros que salían de sus manos co­mo pájaros recién nacidos. Desde que se había casado, Paula le ha­blaba de mal modo, los sombreros estaban mal planchados, las clientas se quejaban. Paula movía una mano amenazadora.

-Ya te dije, Ermelina, ya te dije que no te casaras. Ahora estás triste. Has perdido hasta la habilidad que tenías para adornar som­breros -y sacudiendo un sombrero adornado con cintas, añadía con una pequeñísima risa, que parecía una carraspera-: ¿Qué signifi­ca este moño? ¿Qué significa esta costura?

Ermelina sabía que el sombrero era un cachivache, pero queda­ba en silencio (era su manera de contestar). No estaba triste. Has­ta entonces había tratado los sombreros como a recién nacidos, frá­giles e importantes. Ahora le inspiraban un gran cansancio, que se traducía en moños mal hechos y pegados con grandes puntadas, que martirizaban la frescura de las cintas.

-Cuando sienta los primeros dolores venga en seguida a la Ma­ternidad -le había dicho el médico-. Me parece que le faltan po­cos días.

Ermelina sentía su hijo moverse dentro de ella. Sentía que se encogía, que se estiraba caprichosamente, como en una cuna recién estrenada. Creía ver la forma de los pies desnudos y de las manos de muñeca.

No estaba sola en ese cuarto frío.

Alguien golpeaba la puerta, alguien venía siempre a interrum­pir las largas conversaciones que tenía con su hijo que era a veces un muchacho de veinte años con un traje gris rayado, a veces de do­ce años y otras veces un recién nacido. Veía al hombre, al niño, al bebé; no el rostro. Ermelina dejó la costura, hizo pasar a la vecina que llegaba con sus dos hijos. Le pidió que se sentara en la mecedo­ra que era su preferida, mientras ella volvió a la pequeña silla de costura. Los chicos se arrastraban por el suelo. Eran chiquitos y mo­renos, con las mejillas paspadas.

-Cumplo con mi promesa; aquí le traigo los cuadernos de mis hijos. Pobrecitos, es el primer año que van al colegio -dijo la veci­na, abriendo los cuadernos y dándoselos a Ermelina.

Entre cada página de palotes había figuritas pegadas, ramos de rosas y nomeolvides, manos entrelazadas, palomas, niños, anima­les, banderas. Ermelina hojeaba el cuaderno.

-Qué bien. Qué estudiosos son sus hijos, señora -repetía dan­do vuelta las páginas, hasta que se detuvo frente a una, donde había la cara de un chico muy rosado, pegada entre un ramo de lilas-. Así quisiera que fuese. Así quisiera que fuese mi hijo -repetía Ermeli­na indicando con la mano la imagen brillante-. Me ha dicho mi tía que en los meses de preñez, si se mira mucho un rostro o una ima­gen, el hijo sale idéntico a ese rostro o a esa imagen.

-Dicen tantas cosas -suspiró la vecina, y agregó-: No es por­que sean míos, pero mis hijos son bien lindos y durante los nueve meses del embarazo se puede decir que no he visto a nadie, ni mi­rado a nadie, ni siquiera en revistas, ni siquiera en figuras. En aquella estancia en La Pampa no teníamos radio. No teníamos otra música que la música de los eucaliptos. Yo estaba recluida en las ha­bitaciones todo el santo día, haciendo solitarios. ¡Qué vacaciones fueron aquellas! No me las olvidaré nunca -y diciendo esto tomó el cuaderno que Ermelina le tendía, para mostrarle el rostro del niño rosado.

De repente Ermelina vio que el menor de los hijos de la vecina se parecía extrañamente a la sota de espadas; era una suerte de hombrecito pequeño aplastado contra el suelo, vestido de verde y ro­jo. El otro parecía un rey muy cabezón con una copa en la mano, donde bebía una cantidad incalculable de agua. Habían sembrado el suelo con los útiles de colegio, y jugaban a la guerra con unos sa­capuntas en forma de cañoncitos.

La vecina, mirando la figura, comentó:

-Tiene la nariz demasiado respingada, y además tiene mota, como un negro.

Ermelina sacudió la cabeza:

-Es un niño precioso -alzó los ojos triunfantes-. Así quiero que sea mi hijo.

Hasta entonces no sabía cómo tenía que ser su hijo, rubio o mo­reno, de ojos azules, verdes o negros. ¿Parecido a quién? No lo sa­bía, y ahora había encontrado la imagen.

-¿Me presta este cuaderno, señora? Solamente hasta esta no­che.

La vecina consintió, y se despidió de Ermelina, dejándole un be­so pegajoso en cada mejilla. Los dos niños salieron del cuarto arras­trando los pies.

Ermelina volvió a sentarse con el cuaderno entre las manos; es­tudió la imagen minuciosamente, luego la dejó sobre la mesa y to­mó la costura. Pero no había cosido cuatro puntadas, cuando empe­zó a sentir un dolor y después otro, como relámpagos espaciados, pe­ro puntuales. Se levantó de la silla. Seguramente era el niño que es­taba por nacer; lo sentía en su vientre, como en un cuarto oscuro, golpeando contra la puerta, con insistencia. Se puso un abrigo y ató un pañuelo alrededor del cuello. Tomó un lápiz y un papel donde es­cribió en letras temblorosas: El niño está por nacer, me voy a la Ma­ternidad, la sopa está lista, no hay más que calentarla para la hora de la comida, la figura que está en la hoja abierta de este cuaderno es igual a nuestro hijo, en cuanto la mires llévale el cuaderno a la señora Lucía que me lo ha prestado. Prendió el papelito con un alfi­ler sobre la colcha de la cama, puso al lado el cuaderno abierto, apa­gó la luz y salió del cuarto.

Atravesó los corredores oscuros, lentamente. Bajó las escaleras empinadas, con miedo de caerse; se aferraba a la baranda. En la es­quina esperó el ómnibus. Llevaba apretada en su mano la recomen­dación para el médico. El trayecto era largo. Parecía que el conduc­tor del ómnibus no tenía apuro como otras veces; parecía esperar a una novia, en todas las esquinas; miraba de izquierda a derecha y hablaba solo. Ermelina pensó que iba a tener el hijo allí mismo, tan fuerte seguían los golpes y con tanta impaciencia. El tránsito esta­ba interrumpido; los dolores se sucedían como cuentas de un rosa­rio interminable. Por fin se detuvo el ómnibus. Para llegar a la Ma­ternidad, no había que caminar más que unos cuantos metros. Er­melina se bajó trabajosamente; caminaba con rapidez y, por el es­fuerzo que hacía para no separar demasiado las piernas, con una extraña cadencia de baile. Subió los escalones larguísimos y blancos de la Maternidad; había una luz constante, de amanecer. Las enfer­meras la rodearon, la llevaron de sala en sala, luego la estiraron so­bre una cama. Vio muchas estrellas rojas y azules, adornando gi­gantescos sombreros; rompió con los dientes cintas de seda, que eran ásperas sábanas de algodón, que le hicieron sangrar las en­cías. La negrura del cuarto se llenaba de filamentos deslumbrantes y de gritos. Y después perdió la conciencia. Nadaba en un lago sin agua y sin orillas, hasta que llegó a la ausencia del dolor, que fue una gran desnudez pura y diáfana. Se había sentido como una casa muy grande y muy cerrada, que hubieran de pronto abierto, para un solo niño que quería ver el mundo.

Despertó en la camita blanca, repetida como en un cuarto de es­pejos, un cuarto larguísimo, repleto de camitas blancas, alineadas. La enfermera se inclinó sobre la cama:

-Señora, mire lo que le traigo.

Entre envoltorios de llantos y pañales Ermelina reconoció la ca­ra rosada pegada contra las lilas del cuaderno. La cara era quizá de­masiado colorada, pero ella pensó que tenía el mismo color chillón que tienen los juguetes nuevos, para que no se decoloren de mano en mano.

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martes, 21 de julio de 2009

Letra de Mano a Mano

Mano a mano- Tango. Letra: Celedonio Flores / Música: Carlos Gardel y José Razzano

Rechiflado en mi tristeza, te evoco y veo que has sido

en mi pobre vida paria sólo una buena mujer.

Tu presencia de bacana puso calor en mi nido,

fuiste buena, consecuente, y yo sé que me has querido

como no quisiste a nadie, como no podrás querer.

Se dio el juego de remanye cuando vos, pobre percanta,

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión.

Hoy sos toda una bacana, la vida te ríe y canta,

Ios morlacos del otario los jugás a la marchanta

como juega el gato maula con el mísero ratón.

Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones,

te engrupieron los otarios, las amigas y el gavión;

la milonga, entre magnates, con sus locas tentaciones,

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones,

se te ha entrado muy adentro en tu pobre corazón.

Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado;

no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás...

Los favores recibidos creo habértelos pagado

y, si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado,

en la cuenta del otario que tenés se la cargás.

Mientras tanto, que tus triunfos, pobres triunfos pasajeros,

sean una larga fila de riquezas y placer;

que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos,

que te abrás de las paradas con cafishos milongueros

y que digan los muchachos: Es una buena mujer.

Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo

y no tengas esperanzas en tu pobre corazón,

si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,

acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo

pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.


chiflado: loco

bacana: concubina bacán: hombre que mantiene una mujer

paria: com. persona de la casta ínfima de los hindúes: los parias apenas tienen derechos. persona insignificante: es un paria en su empresa.

consecuente: adj. [persona] cuya conducta guarda correspondencia lógica con los principios que profesa

remanye : reciprocidad entre dos sujetos que “manyan” quien es el otro

percanta: mujer joven agraciada / percanta: mujer, concubina, amante/ percanta:, mujer, considerada desde el punto de vista amatorio

morlacos : billetes, dinero

gambetear: esquivar

otario: zonzo, necio, tonto, torpe, cándido, papanata, crédulo, hombre honrado, víctima de un cuento

marchanta (a la): a la suerte, a cualquier lado

maula f. cosa inútil y despreciable / cobarde

gavión: burlador que seduce a las mujeres y vive de ellas

milonga: f. canción y baile popular del río de la plata,de ritmo lento acompañado de guitarra. amer. fiesta familiar con baile:

después de la boda habrá milonga.

acamalar : proteger, mantener, guardar, cuidar (“que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos...”) ahorrar/guardar

Cafishos: Gigolós, vividores

Milongueros: Cabareteros

Descolado: Deteriorado, achacoso, sin pegamento.

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La estrella azul: completar la letra

La estrella azul

¿Dónde __________________?
Esa estrellita del alma
Sus ojos suelen ­­­­­­­­­­­­__________
Perdidos en la inmensidad.

A veces sueño que está aquí
Y se ilumina ______________
Cuando aparece el fulgor
Cerquita ___________.

¿Dónde _________________?
Ya no podré con ___________
En otros cielos ___________
Esa estrellita del _______.

En una lágrima quedó
Hasta perderse en _________
Mi corazón __ ________
Atravesado de penas.

A nadie puedo __________
Con las palabras del alma
Es mi tristeza ___________
Que el viento no _________.

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Reseña sobre la película "Historias Mínimas"

Artículo tomado de http://www.cineismo.com/criticas/historias-minimas.htm

Una vez más, como en las oportunidades anteriores, Sorín filma en la Patagonia, que ya parece su ámbito natural. Entre el paraje Fitz Roy y Puerto San Julián, el camino que atraviesa parte del desierto con sus larguísimos horizontes es el escenario donde se desarrollan historias pequeñas de varios personajes menores, mínimos en esta vida cotidiana.

Se trata de una road movie sobre personajes sencillos y reales que viajan tras una ilusión. Don Justo es un viejo que deja su casa y sale caminando en busca de su perro extraviado, que alguien ha visto en San Julián, 400 kilómetros más al sur. La distancia no es obstáculo para este hombre que debe saldar algunas cuentas con su conciencia. El viento lo llevará a cruzarse con Roberto, un pintoresco viajante de comercio que carga en su coche una torta de cumpleaños para el hijo de un posible amor: una mujer joven, viuda reciente de uno de sus clientes en la zona El plan de Roberto, siguiendo técnicas que aprendió en los libros de venta, es llegar a la casa de la viuda, impresionarla favorablemente, y asegurarse un éxito rotundo cuando le confiese sus intenciones de formar con ella una pareja estable.
Al mismo tiempo María, una chica muy humilde que okupa el edificio de una vieja estación de ferrocarril, sabe que ha salido sorteada en un concurso televisivo y también se dirige a San Julián con su bebé en un colectivo, atraída por las falsas luces de la televisión. En los inmensos espacios patagónicos los personajes –al igual que su deseo– van creciendo con los largos kilómetros, sometidos sin embargo a las maniobras del destino.

Durante esas jornadas de viaje se ponen a prueba las señales de solidaridad, de comprensión y de humanidad de la gente patagónica. En parajes donde suele no pasar nadie en mucho tiempo, la compañía obligada en cada escala es la televisión, siempre encendida como un personaje más en escena. Sorín elabora una sutil y aguda crítica a lo peor de la televisión satelital, que inunda la Patagonia con situaciones –mundos– que nada tienen que ver con lo que ocurre aquí.

Historias mínimas es un bellísimo film que habla sobre las posibilidades de un cine sin estridencias, sin la utilización, incluso, de ciertos detalles de grandilocuencia presentes en las películas anteriores de Sorín. Al contrario. Las historias son mínimas y no llegan a constituir una épica, pero tienen tal significación humana y emocional que provocan la inmediata identificación del espectador, y su solidaridad sin condiciones. Y que el título no engañe: esta película está muy lejos del minimalismo de moda entre tantos nuevos directores argentinos. Es notable el trabajo de casting que realizó Sorín, que viene a desmentir a quienes consideran imprescindible la presencia de actores consagrados para lograr una buena película. Después de una búsqueda y selección amplísima de actores no profesionales en varios puntos del país, el guión –excelente trabajo de Pablo Solarz– fue terminado en función de los actores elegidos, y muchas escenas fueron filmadas en tomas únicas. Así, el hombre que interpreta a don Justo es un mecánico jubilado de Montevideo, la joven que corporiza a María es docente de música en Santiago del Estero, un chamamecero de Corrientes interpreta a Don Fermín, el panadero y la mujer que fabrica tortas en su casa hacen de sí mismos, y todos ofrecen actuaciones óptimas, aportando a sus personajes una frescura y naturalidad nada profesionales. Junto a ellos, la directora de cine Julia Solomonoff concreta su primera actuación ante cámaras, mientras que Javier Lombardo, actor de El descanso y cortos publicitarios, da al personaje de Roberto la variedad de matices cómicos y emocionales que lo hacen absolutamente atractivo y creíble. Y son tan interesantes los tres protagonistas como los personajes secundarios que encuentran en su camino.

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Instrucciones para llorar (Julio Cortázar)

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortázar nació en Bruselas, Bélgica, en 1914, de padres argentinos. Llegó a la Argentina a los cuatro años y aquí creció, se educó y comenzó a escribir. Desde 1951 vivió en París, hasta su muerte en 1984. Sin ninguna duda, es uno de los más grandes escritores que dio la Argentina, pero además fue un hombre ético y un incesante defensor de los derechos humanos y la justicia social. Toda su escritura es deslumbrante por la permanente revelación de mundos nuevos que presenta. Su novela Rayuela, de 1963, fue un verdadero acontecimiento cultural argentino y latinoamericano. Entre sus muchos libros destacan los de cuentos (Bestiarlo, Final de juego, Queremos tanto a Glenda) pero también otros libros memorables, originalísimos, como Historias de cronopios y de famas, La vuelta al día en ochenta mundo y Último round. Entre sus cuentos más leídos y recordados: Casa tomada, Carta a una señorita en París, La autopista del Sur y muchos más. lnstrucciones para llorar fue tomado de Historia de cronopios y de famas (Minotauro, Buenos Aires, 1962).

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